Mi experiencia en Polonia
En mi caso, Polonia me ha acogido como si fuera mi casa.
La gente me ha sorprendido: amable, paciente, con ganas de ayudarte. He aprendido su idioma, su cultura, sus tradiciones. He disfrutado con su comida, con sus costumbres, con sus frases que aún no entiendo del todo.
He vivido fines de semana mágicos en lagos que antes eran canteras. He comido pierogis de fresa. He cenado zapiekanka a las cuatro de la mañana en vez de churros. He caminado por plazas llenas de historia y por barrios que nunca pensé pisar. Todo eso vale la pena vivirlo.
Pero también he tenido problemas. No todo es bonito en un voluntariado.
Y por eso quiero decir algo importante:
Haz voluntariado. Pero no te dejes pisar.
Porque sí, hay personas que intentan aprovecharse. Y a veces, ni las leyes ni los papeles te protegen. Solo tu voz. Tu dignidad. Tu capacidad de decir “basta”.
He vivido cosas que no deseo a ningún otro voluntario. Y por eso te pido que pienses siempre si lo que estás viviendo es justo o no. No dejes que te convenzan de lo contrario. No vendas tus principios. Y nunca dejes de luchar por lo que necesitas.
Hoy me voy de Polonia distinto a como llegué. Más fuerte. Más claro. Más yo.
Con más motivos para seguir luchando por los derechos de las personas sin hogar. Por el ecologismo. Por el animalismo. Por una política honesta, participativa, transparente. Por las personas con movilidad reducida. Por las que siempre quedan en segundo plano.
Este ha sido solo el primer paso. Pero no será el último.

